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Louise Glück, la poeta que abre preguntas universales con la sencillez de lo íntimo

0 2 months ago

“Tengo dos métodos de escritura. Uno es el artesanal, donde trabajás las palabras de manera orgánica y tenés la sensación de que estás construyendo el poema de un modo palpable. Otro es escribir muy rápido. Es hermoso pero pierdo la sensación de que el poema es mío: no puedo pensar de dónde vino. Hay en el medio otra posibilidad: revisar una y otra vez los versos, desmontarlos, rearmarlos, pero en un período corto. Y finalmente están los poemas en los que hay palabras recalcitrantes que, siento, podrían haber sido mejores”. Con esta honestidad, que no abjura de la duda como parte esencial del proceso creativo, Louise Glück (77) contó su modo de escribir. Ocurrió durante una entrevista hace diez años, cuando estaba por publicarse en Estados Unidos Las siete edades, un libro traducido al español por Mirta Rosenberg.

Con la misma sencillez, (detesta los trazos gruesos, los divismos, el show de lucecitas), la poeta se mostró sorprendida y agradecida al saber que este jueves había ganado el premio Nobel. Y es que en los terrenos amplios de la literatura, los poetas saben moverse con cautela ya que la poesía aún es mirada con cierta extrañeza, como una chica fantasmática y evanescente. “Destino, suerte, cuyos designios y avisos/ ahora me parecen nada más/ que simetrías locales, chucherías/ metonímicas dentro de la gran confusión”, responde Glück desde su poema Epílogo buscando desajustar ese lugar común del cual nadie, ni siquiera ella, está completamente exento.

La vida familiar y las pérdidas, la infancia, el paso del tiempo y el “yo” que dialoga con sus propias ilusiones marcan sus temas. Ese mundo íntimo, sensible y austero, parece ser también una forma de vida: ama sobre todo leer -en especial, novelas de misterio de MacLaren-Ross-, cuidar su jardín, refugiarse en una vida tranquila.

La vida familiar y las pérdidas, la infancia, el paso del tiempo y el “yo” que dialoga con sus propias ilusiones marcan sus temas.

Anne Carson o Margaret Atwood (autora de una poesía magnífica, un tanto relegada por su éxito como novelista) tenían varias fichas puestas al momento de las nominaciones al Nobel. Pero el nombre de Glück fue una sorpresa: hasta ahora era bastante poco conocida fuera de Estados Unidos aunque tenga publicados unos 15 títulos entre poemas y ensayos y haya recibido premios prestigiosos, como el Pulitzer en 1993 por su libro El iris salvaje. La poeta ya fue distinguida también con el Premio Nacional de la Crítica por The Triumph of Achilles (1985), además del Premio Bollingen, por Vita Nova (1999). Ahora, la Academia pone una vez más a la poesía en un merecido centro de atención (la última mujer poeta ganadora del Nobel fue la polaca Wislawa Szymborska en 1996).

Retratada en 2016, al recibir la Medalla Nacional de las Humanidades en una ceremonia con el entonces presidente Barack Obama / (AP Photo/Susan Walsh)

Y es que lejos de ser un género raro, oblicuo, que “no se entiende” como rezonga mucha gente, la poesía es la vía más directa para reconciliarnos con nuestra esencia humana, sobre todo en estos tiempos difíciles. De hecho, eso mismo le pasó a esta poeta nacida en Nueva York en 1943 y criada en Long Island, que da clases de escritura en The Williams College, de Massachussets (donde vive) y en la Universidad de Yale y que también es miembro de la Academia Americana de las Artes y las Letras. Su primer poemario, Firstborn, se publicó en 1968 y esos versos iniciáticos ya daban cuenta de “esa austeridad que dialoga con la universal”, según destacó por estas horas el jurado que otorga el Nobel. 

Ella ha repetido una y otra vez que no cree que lo autobiográfico se imprima sobre sus versos de modo transparente. “Prefiero el mito”, asegura. Pero el dolor, el rechazo paterno y las huellas de lo ominoso aparecen en sus textos. Una hermana murió antes de que ella naciera. “Su muerte no fue mi experiencia, pero su ausencia sí lo fue”, escribe Glück en un ensayo. “Su muerte me dejó nacer”. “Esa severidad de juicio es típica de Glück, quien a menudo reduce la experiencia a causa y efecto brutal”, apuntó el su colega en Yale, Dan Chiasson, en una nota publicada en The New Yorker.

Admiradora de Marianne Moore y Frank O´Hara, de Emily Dickinson y Jane Kenyon, al igual que ellos su poesía propone volver a nombrar el mundo cotidiano sin florituras y su lirismo abreva, más bien, en la capacidad de ir hasta el hueso de las palabras y extraer de ellas una esencia que a veces resulta dolorosa por su belleza que, de tan prístina, es casi brutal. “En mi primer sueño el mundo parecía/ lo salado, lo amargo, lo prohibido, lo dulce/ En mi segundo sueño descendía/ era humana, no veía nada de nada/ bestia como soy/ debía tocarlo, contenerlo”, escribe. Hay en su estilo una correspondencia con otra poeta más conocida aquí, Sharon Olds, quien participará del próximo Filba. 

Con barbijo, todo un símbolo en los Estados Unidos de Trump, al salir de su casa tras conocer la noticia. /Reuters

Con barbijo, todo un símbolo en los Estados Unidos de Trump, al salir de su casa tras conocer la noticia. /Reuters

Cuando era una niña tímida y curiosa, se refugiaba en la literatura. “Mi primera lectura fue la mitología griega. Al igual que con mis plegarias, nunca se eliminó nada de lo que iba aprendiendo, pero se agregaron categorías. Primero los libros de Oz. Luego la biografía, los libros donde buscaba instrucciones. Cómo ser Madame Curie. Cómo ser Lou Gehrig. Cómo ser Lady Jane Grey”, cuenta en sus ensayos. Algo curioso que dice allí es que no temió empezar a escribir poesía como modo de venganza. Durante la adolescencia, padeció una bulimia aguda y su decisión de convertirse en poeta fue una forma de dar cauce a la rabia que le corroía ese cuerpo maltratado, frágil, diminuto. “La vergüenza y la suerte de empezar a encontrar compañeros de ruta suavizó mi ánimo de venganza pero aún así, ahora busco formas igual de flamígeras que me ayuden a mantener la pasión”, confesó mucho después.

Su poesía y su pensamiento también se han ocupado de la época que le tocó vivir. “América es, popularmente, una nación de convictos fugitivos, hijos menores, minorías perseguidas y oportunistas”, ha dicho hace dos décadas aunque esa afirmación tenga pavorosa actualidad. También, a través de esas mujeres silenciadas que van recuperando la voz en sus poemas, su nombre es mencionado como referencia en el feminismo, una marca heredada de la generación que la precedió a través de Adrienne Rich, Muryel Rukeyser y May Sarton, entre otras poetas que implantaron en la literatura el derecho de las mujeres a convertirse en activistas y encontrar una voz propia que hablara de su tiempo.

El eco de estas voces se advierte, por ejemplo, en los versos de El iris salvaje, traducido por María Negroni: “Tú que no recuerdas/ el pasaje desde el otro mundo/ te digo que podía hablar otra vez: lo que/ regresa del olvido regresa/ para hallar una voz”. También Guadalupe Wernicke –como Sandra Toro o Ezequiel Zaidenwerg– se han ocupado de que su obra sea conocida en castellano. Estas traducciones han sido hechas por amor y entusiasmo, dispersas en la web mientras por ahora, la editorial Pre-Textos detenta los derechos de sus libros. “Mi abuela era cauta, conservadora:/ por eso le escapaba al sufrimiento./ Mi tía no escapaba a nada;/ cada vez que el mar se retrae, se llevan a alguien que ella ama.//Aun así no siente/ maldad en el mar. Para ella es lo que es:/ cuando toca la tierra, debe volverse violencia”, dice en el poema Santas de acuerdo a la traducción de Wernicke.

Claro que Glück también es capaz de una enorme compasión y ternura. “Miramos el mundo una vez, durante la infancia/ El resto es memoria”, dice en Nostos, uno de sus poemas más conocidos. “¿Te acuerdas de cuando pediste un deseo?/ Yo pido muchos./ Cuando te mentí/ sobre lo de la mariposa. Siempre me pregunté/ qué pediste./ ¿Qué crees que pedí yo?/ Pedí lo que siempre pido./ Pedí otro poema”, escribe en Meadowland (1996). La obstinación y la confianza en su palabra no solo siguen haciendo su sueño realidad. También abren camino para que la poesía sea disfrutada cada vez por más gente, ansiosa por descubrir un atisbo de luz bajo la sombra de lo cotidiano.

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